El año perdido de Rebecka, psiquiatrizada a los 13 años

tabita-green-rebecka-greenTabita Green @tabitag
vía @Mad_In_America
One Family’s Encounter with Modern Psychiatry and a Call for Social Change
El encuentro de una familia con la psiquiatría moderna y un llamamiento para el cambio social
17 de julio, 2015

Antes de la primavera del 2010 nunca había pensado demasiado ni sobre la salud mental, ni sobre la enfermedad mental, ni sobre nada intermedio. Sí claro, tanto mi marido, Todd, como yo teníamos familiares con “problemas de salud mental” y Todd había sufrido trastorno adaptativo depresivo en la escuela de postgrado (¿y quién no?). Pero mayormente, no pensábamos en ello.

Estábamos bien.

De hecho, estábamos más que bien según todos los estándares de éxito convencionales. Todd había conseguido su trabajo ideal dando clases de estudios religiosos en una pequeña universidad de artes liberales. Yo trabajaba sin cesar como alta ejecutiva en una empresa de software poniéndonos entre el 5% mejor posicionadas. Nuestra única hija, Rebecka, iba bien en el instituto, tenía muchos amigos, y era por lo general agradable – cosa poco habitual en treceañeros, por lo que he oído.

Sí, estábamos bien.

Así que cuando en un soleado día de abril mientras nos hacíamos la pedicura me dijo que se sentía deprimida, me costó tomármelo en serio. ¿Deprimida? ¿Qué? No parecía deprimida. Al contrario, no paraba en casa. Yo pensaba que las personas que estaban deprimidas pasaban la mayor parte del tiempo en la posición fetal en una habitación oscura (o en el suelo del baño).

“A veces lloro en el baño,” me dijo. “No sé por qué.”

Después de hablar de ello un rato, le pedí que la próxima vez que se sintiera tan triste que me lo dijera para que pudiéramos resolverlo juntas. Entonces pasamos a otros temas.

Avancemos hasta mayo y me di cuenta un día que Rebecka se había adelgazado bastante. Tal vez incluso un poco más de lo que un estirón adolescente normal provocaría. Se lo comenté como quien no quiere la cosa y se fue al baño para pesarse. Volvió con una expresión de sorpresa en la cara. Había perdido 9 kilos!

Yo sabía que ella tenía una buena amiga a la cual habían diagnosticado de anorexia, y la siguiente pregunta simplemente se me escapó: “¿Crees que podrías ser anoréxica? le pregunté. “No, no he estado perdiendo peso a propósito,” me dijo. Sin embargo, justo al día siguiente, recibí una llamada de la madre de su amiga anoréxica. Me preocupó tanto que inmediatamente pedí hora para llevar a Rebecka al médico.

El médico se centró más en su depresión que en su pérdida de peso y sugirió que viéramos a un psicólogo o a un psiquiatra. Votamos empezar por la psicoterapia (parecía menos serio). Para cuando llegó junio, el psicólogo sugirió que “pusiéramos en marcha” el proceso de terapia con medicación. ¿En serio? Así fue como el pediatra de Rebecka le dio un papel que cambiaría nuestras vidas para siempre.

Era una receta de Zoloft [el antidepresivo sertralina].

Durante el verano el Zoloft se convirtió en Prozac [el antidepresivo fluoxetina], y cuando el instituto estaba a punto de empezar, Rebecka empezó a tener alucinaciones y comportamientos suicidas. Le siguió una hospitalización inmediata y con ella la incorporación de un antipsicótico (Risperdal [risperidona]) y otra receta más para tratar los conocidos efectos secundarios del antipsicótico. Este fue el comienzo de un año de hospitalizaciones y dolor. Paciente hospitalario, paciente externo, paciente hospitalario, paciente externo. Un círculo vicioso sin fin. Más medicaciones. Medicaciones diferentes. Dosis más altas. Dosis más bajas.

Nos tiraron de cabeza en un mundo del que no queríamos saber nada. Enfermedad mental. Estigma. Psicofármacos. Administración de medicación. Bipolar. Trastornos alimentarios. Ansiedad. TLP [Trastorno Límite de la Personalidad]. TCC [Terapias Cognitico-Conductuales].

Y durante todo esto, ningún psicólogo nos preguntó, “¿Cómo van las cosas en casa?” “¿Qué podemos hacer de manera diferente en el entorno de Rebecka para hacer que se sienta mejor?” No había ningún atisbo de esperanza. Ningún indicio de que esto podría ser un sufrimiento temporal. Adaptativo. Parte de crecer.  Más bien, todo parecía muy permanente. Y en los peores días estábamos convencidos que nuestra hija viviría en nuestro sótano para siempre.

Pensábamos que estábamos bien. Pero en realidad no lo estábamos. De hecho, cuando miro hacia atrás, me doy cuenta que no estábamos bien en absoluto. Yo era una adicta al trabajo y también estaba adaptativamente deprimida debido a estrés laboral y disonancia entre mi trabajo y mi sistema de valores. Todd trabajaba en una pequeña ciudad a cuatro horas y venía a casa los fines de semana. Dónde viviríamos en el futuro era incierto, porque el trabajo de profesor de Todd en aquel momento no era permanente. Añádele la pubertad a todo eso.

Para nada tan bien.

rwhitaker-420x420Hasta que tocamos fondo y Rebecka fue hospitalizada por octava vez no volvió a cambiar el curso de nuestras vidas. Cuando las cosas ya no podían empeorar, el Dr. Robert Shedinger, autor de Radically Open y compañero de trabajo y amigo, nos pasó una copia de Anatomía de una Epidemia de Robert Whitaker. Todd y yo lo leímos en voz alta durante el largo viaje al hospital psiquiátrico más cercano del estado casi a dos horas de camino.

Leímos las historias y reconocimos a nuestra hija. Sip, se había vuelto “bipolar” después de empezar con los antidepresivos. Sip, había engordado 22 kilos con el Zyprexa [el antipsicótico olanzapina]. Sip. Sip. Sip. Quedamos en shock al conocer la verdad sobre la psiquiatría moderna y las Grandes Farmacéuticas y furiosos al leer sobre las nefastas consecuencias para millones de personas.

Fue suficiente para que le dijéramos al psiquiatra que retirara todas las medicaciones psicotrópicas de Rebecka- aunque acabábamos de recibir una desoladora evaluación psicológica que decía:

“Los resultados de las pruebas de Rebecka revelan una alteración psiquiátrica aguda grave y suscitan preocupación sobre la presencia de rasgos de la personalidad y comportamientos de relaciones con otras personas problemáticos. Parece estar tanto muy deprimida como sumamente ansiosa. … Parece rumiar sobre lo que considera sus muchos defectos y fracasos. Manifiesta que se odia a sí misma y es posible que piense que es merecedora de castigo.”

¡Uf!

Decirle al psiquiatra que retirara la medicación fue uno de nuestros momentos más valientes. Iba en contra de todo lo que los médicos nos habían estado diciendo durante los últimos doce meses – en contra de la oposición vehemente del psiquiatra habitual de Rebecka (“Podéis volver cuando no funcione.”). Iba en contra de lo que repetidamente habíamos escuchado en los medios de comunicación y en la cultura pop. Iba en contra de lo que veíamos en los anuncios a la hora del telediario de la noche.

Y fue el punto de inflexión en el camino de Rebecka hacia la salud mental óptima.

Por supuesto tuvimos trabajo que hacer para recobrar su salud mental (y la nuestra). Pasó un total de seis semanas en el programa de trastornos alimentarios de la Clínica Mayo. Todd y yo redujimos nuestra presión sobre ella centrándonos menos en el instituto y más en su bienestar. Participó en un grupo de habilidades de Terapia Dialéctica Conductual (TDC) para adolescentes, lo que le enseño habilidades para afrontar situaciones difíciles. Yo dejé mi trabajo y empecé una consultoría, para poder estar disponible cuando Rebecka llegara a casa del instituto (y para reducir mi propio estrés). Ella encontró una razón de ser. (La lista sigue.)

rebecka-green-her-lost-year-3Para la primavera de 2012 la recuperación era completa. La descarada, testaruda, graciosa Rebecka había vuelto.

Y vivimos felices y comimos perdices. Fin.

Bueno, esto podría haber sido el final de la historia. Sin embargo esta experiencia hizo sacudir mis cimientos. Nunca volvería a mirar el mundo con mis viejos ojos inocentes. Sabía que tenía que contar nuestra historia para empoderar a otros padres a hacer preguntas, a confiar en sus instintos, y, sobre todo, a mantener la esperanza. Ningún psiquiatra o médico nunca nos dio ninguna esperanza de que Rebecka se recuperaría plenamente. No fue hasta que acudimos a la Clínica Mayo, tras haber perdido un año de vida a los psicofármacos, que oímos palabras de esperanza –  de una psicóloga excelente. Esta esperanza nos permitió imaginarnos un futuro más brillante y avanzar hacia la recuperación.

8a152ce772aae5d6e5d012a24f2683f7_originalAsí que empecé a escribir. Fue terapéutico y doloroso a la vez. Escribí el borrador de un libro, Her Lost Year [Su Año Perdido], con cuatro partes. Las primeras dos partes serían nuestra historia, incluyendo reflexiones de Rebecka. La tercera parte abordaría lo que aprendimos sobre la psiquiatría moderna y la industria farmacéutica. La parte final ofrecería enfoques alternativos para la recuperación de la salud mental en niños y adolescentes. Lo abarcaría todo, desde dormir suficientemente, pasando por terapias familiares hasta el mindfulness. Todo lo que sabía por experiencia y por investigación- condensado y accesible para todos los padres.

Eso es. E iba a ser un gran libro. Super útil.

Sin embrago, cuanto más leía y más aprendía sobre la crisis de salud mental, sobre todo la relacionada con nuestros jóvenes, más consciente era de que no podía dejarlo ahí. No era suficiente.

Una pregunta incómoda asaltaba continuamente mi mente.

¿Por qué?

¿Por qué tantos niños y adolescentes sufren? ¿Por qué una niña brillante, popular y guapa de 13 años de padres con un alto nivel educativo y un hogar acogedor sufre tanto que requiere una intervención médica? ¿Por qué esta misma niña llega a la conclusión que su vida no tiene sentido, que la vida no vale la pena ser vivida? ¿Por qué tantos niños son “conflictivos” en el colegio? ¿Por qué multitud de adolescentes se autolesionan? ¿Por qué tantos jóvenes piensan en el suicidio? ¿Por qué no se autoestiman?

¿Y qué podemos hacer?

Mi reacción inicial fue la de demandar a las compañías farmacéuticas. Pero ya se ha estado ahí, ya se ha hecho eso. Estas compañías no están sufriendo las consecuencias. No, decidí. Quiero trabajar desde las bases hacia arriba para que criemos niños resilientes y mentalmente sanos en una sociedad que no medicalice la experiencia humana-una sociedad que valore las señales que nuestros competentes muchachos nos envían. Steven Epperson apuntaba bien esta necesidad en una entrada reciente de MIA [Mad In America].

“Necesitamos un plan de estudios con más matices, humanístico, no influenciado por la industria farmacéutica y verdaderamente bien documentado para escuelas, centros comunitarios y organizaciones religiosas que proporcione educación a los niños, a los jóvenes y a sus padres sobre la variedad de la experiencia humana, sobre las transiciones vitales y sobre las formas en las que la niñez (!), el sufrimiento, las experiencias inusuales y el estrés pueden manejarse de manera resiliente.”

Sí, tenemos que nutrir la resiliencia innata de los niños, pero además tenemos que mirar más allá de los programas individuales y educativos.

Tenemos que cambiar radicalmente nuestra sociedad para que esté diseñada para optimizar la salud mental.

Va todo junto. La salud mental es mucho más que un asunto individual. Es un asunto de la comunidad. Es un asunto medioambiental. Es un asunto moral. Es un asunto político. Medicamos a los chicos para adaptarles a sus entornos (pensad en la escuela pública o un hogar precario). Pero no hablamos demasiado de adaptar los entornos a los chicos. Demasiado caro. Demasiado difícil. No suficiente lucro. Tal vez ni siquiera estamos seguros de cómo hacerlo.

El sufrimiento de nuestros niños (junto con el cambio climático, la pérdida diaria de especies, las guerras continuas, la inseguridad alimentaria, etc.) es una señal de que algo va terriblemente mal en el mundo en el que vivimos. Podemos hacer toda la meditación de mindfulness y todo el yoga que queramos (que son prácticas muy útiles!), pero si no cambiamos el sistema-y mucho-nuestros niños seguirán sufriendo.

Por esto añadí una quinta parte al libro. Es sobre cómo podemos optimizar la salud mental de los niños a través del cambio social. Aborda el consumismo, la política, la crianza de los niños, y la educación. Solo araña la superficie, realmente. Pero hay que empezar en algún sitio. Tenemos que hacer la transición de nuestro estilo de vida competitivo e individualista a un modelo de comunidad cooperativo-una sociedad donde los niños (y los adultos!) puedan ser ellos mismos, sentirse apoyados y escuchados, abrazar la experiencia humana, contribuir al bien común, conectarse, crear y florecer.

¿Te unes a mí en esta transición? Llegó el momento.

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