Secuestrada: la historia de Natalie 2

Kristina, la madre de Natalie
Kidnapped: Natalie’s Story 2
21 de julio, 2016
Vía RxISK @RxISK

Natalie-GraduationNota del editor: Esta es la 2ª parte de la Historia de Natalie escrita por su madre Kristina. La foto es de Natalie con 18 años durante su graduación.

Secuestrador número tres: 2010

La disforia tardía de Natalie permaneció sin diagnosticar, y la trabajadora social terapeuta recomendó que Natalie viera a su colega, una psiquiatra. Los informes de la terapeuta reflejan el miedo de Natalie a tomar fármacos. Natalie afirmó, “Tengo miedo de que cambien quien soy en realidad.” Atrapada en un círculo vicioso, Natalie también quería recuperar su vida.

El padre de Natalie la llevó a la nueva psiquiatra quien estaba informada de la reacción adversa de Natalie al Prozac. Recomendó un “fármaco diferente.” De nuevo, la psiquiatra no nos brindó consentimiento informado alguno, ni información sobre la advertencia de Recuadro Negro, ni ninguna discusión sobre riesgos y beneficios. Natalie decidió probar el nuevo fármaco, Zoloft (Sertralina), después de que la terapeuta y la psiquiatra prometieran supervisarla de cerca por los posibles efectos secundarios.

Esta garantía nos desarmó. Ojalá hubiéramos sabido que debíamos investigar a fondo el Zoloft nosotros mismos. ¿Saber que Zoloft es también un antidepresivo ISRS [Inhibidor Selectivo de la Recaptación de Serotonina] como Prozac hubiera salvado a nuestra hija de más violencia médica? Esta triste reflexión nos causa un profundo sentimiento de culpabilidad. Sin embargo, desde entonces he conocido a otros padres cuyos hijos murieron de prescripticidio. Cuando preguntaron por los riesgos y advertencias, sus médicos los desestimaron por exagerados e innecesarios.

Episodios maníacos y acatisia inducidos por los fármacos

Natalie a veces se reía por nada, tenía las pupilas del tamaño de platillos volantes, sufría pesadillas violentas  y mostraba poca empatía. Mi hija -que nunca en su vida había sido castigada en el colegio- pronto fue identificada como conductualmente problemática. Preocupada por esta nueva extrovertida e intrépida Natalie, hablé con la terapeuta y la psiquiatra. Los informes de la psiquiatra señalan “La madre quiere que la niña deje de tomar Zoloft” y “La madre piensa que el Zoloft está causando pesadillas.”

Al parecer, las terapeutas de Natalie pensaban que yo estaba disgustada porque Natalie había dejado de ser tímida. Pensaban que a Natalie le iba bien. Veían a una Natalie empoderada cuando de hecho Natalie estaba sufriendo episodios maníacos inducidos por el fármaco.

Pronto Natalie empezó a experimentar una agitación y ansiedad peores que nunca antes. Vi que se hacía cortes y quería que vieran las cicatrices de Natalie. No quisieron. Se insinuó que un examen de las cicatrices representaba una violación de la intimidad de Natalie.  Durante un tiempo pensé que podía hacer fotos de los cortes de Natalie cuando estaba dormida y enseñárselas, pero sabía que si Natalie se despertaba se afligiría y nuestra confianza quedaría debilitada. También me preocupaba que la psiquiatra o la terapeuta pudieran denunciarme ante el Servicio de Protección del Menor.

En lugar de realizar un examen físico a su paciente, la psiquiatra añadió otra poción: Valium (diazepam). Natalie me dijo que el Valium era “lo único que funcionaba” para disminuir su nueva ansiedad. Años más tarde me enteré de que durante los ensayos clínicos de Zoloft, Pfizer también dio a los participantes ansiolíticos para enmascarar los síntomas de acatisia. Igual que habían hecho sus predecesoras, la psiquiatra de Natalie cada vez más veía a Natalie como un objeto -una cosa a ser modificada con recetas. Pocas veces mi hija fue vista como un ser humano individual.

Las buenas notas de Natalie se desplomaron. Su profesora informó de una diferencia significativa en el comportamiento de Natalie del primer trimestre y al segundo. En 2013 releímos este informe. Algo trágicamente relevante sobresalió: la profesora observó que Natalie no se quedaba sentada en la silla y que con frecuencia se paseaba por la clase. ¿Cómo pasó nuestra hija de ser tan tímida que no quería levantarse a hacer punta a serle imposible estar sentada en su silla? La respuesta: acatisia.

Secuestrador número cuatro: 2010-2013

Armada con investigación y documentación, buscamos otra opinión. Le di a la psiquiatra un amplio historial mecanografiado. Estaba convencida que Natalie no debía tomar 100 mg de Zoloft y que tal vez le habían recetado una dosis demasiado alta. Le pregunté por el metabolismo y señalé que Natalie era pequeña (por debajo de 1,50 metros y 50 kilos).  La psiquiatra me informó que “la dosis no tiene nada que ver con el metabolismo.”

Le explicamos la reacción adversa de Natalie al Prozac y nos ofrecimos a darle todos los informes médicos. La psiquiatra no quería los informes, y declaró, “yo hago mis propios diagnósticos.”

Su respuesta me sorprendió. Pero en lugar de salir corriendo de la consulta lo bastante rápido para salvar la vida de mi hija, me engañe a mí misma malinterpretando la afirmación de la psiquiatra: pensé que quería realizar una evaluación independiente y objetiva antes de revisar los informes. Estaba equivocada.

Tras años de ser desestimada, ridiculizada, culpada y tergiversada por psiquiatras, me di cuenta demasiado tarde de que yo también había sido secuestrada: mi instinto materno había desaparecido. Llegué a la visita convencida de que el Zoloft era el problema pero salí menoscabada y derrotada. Ya no era capaz de conscientemente reconocer y confiar en mi buen juicio. Parece ser que nuestra sociedad ha pasado de la convicción de “Nadie mejor que una madre sabe lo que es mejor para sus hijos,” a “Las madres no saben nada.”  La medicina moderna y las compañías farmacéuticas han jugado un papel clave en la creación de este cambio.

La psiquiatra continuó recetándole Zoloft y Natalie sufrió más años de tortura. El fármaco le causaba cada vez más razonamientos cognitivos erróneos, pérdida de memoria, y comportamientos destructivos y arriesgados, pero era a Natalie a quien se culpaba y se hacía responsable de los resultados adversos.

Cuando Natalie tenía 17 años quiso dejar de tomar Zoloft. Los apuntes de la psiquiatra muestran que compartió esto con ella y que no recibió ninguna información sobre la retirada gradual del fármaco. Natalie dejó el Zoloft pero más tarde pidió que volviera a recetárselo. Les explicó a sus amigos que le pasaron cosas horribles cuando intentó dejar el Zoloft. Natalie creyó que esto era prueba de que tenía una enfermedad; por tanto necesitaba el Zoloft. Nunca supo que su sufrimiento había sido debido al síndrome de abstinencia.

Mi hija diligentemente se tomó el Zoloft durante su último año de vida. Era fuerte y hubieron atisbos de su alegre espíritu. Volvimos a estar unidas y reparamos mucho del daño que la “terapia” había causado a nuestra relación. Natalie empezó la universidad, tenía un trabajo de media jornada y salía con sus amigos. Los trabajos de la universidad reflejan que Natalie veía su futuro con optimismo.

Dobla, dobla la zozobra1

En noviembre del 2013, la psiquiatra aumentó el Zoloft de 100 mg a 150 mg. Los informes médicos indican que Natalie dijo sentirse “desbordada.” Le dijo a la psiquiatra que le preocupaba tener comportamientos suicidas cuando se trasladara a la universidad en el estado de Washington el año siguiente. Es inconcebible que la psiquiatra no compartiera esta información con nosotros. De nuevo, no hubo consentimiento informado, ni valoración de riesgos y beneficios, etc. La psiquiatra no le realizó ningún análisis. Ninguna prueba para acatisia, comportamientos suicidas, TOC, metabolismo, depresión -nada. Simplemente le aumentó el Zoloft.

Tampoco informó a los cuidadores de Natalie que había indicado un aumento del Zoloft. Los protocolos de la FDA señalan que siempre que se cambie una dosis de antidepresivos ISRS los pacientes deben ser supervisados de cerca, y los cuidadores deben ser informados para poder estar atentos y poder informar de cualquier cambio atípico en el comportamiento.  La FDA no debe pensar que esto es crucial, sin embargo, ya que es meramente un protocolo, uno que la psiquiatra decidió no seguir.

Nos dimos cuenta de varios “cambios atípicos en el comportamiento” tras el aumento del 50% del Zoloft. Pero al no haber sido informados, no establecimos la relación hasta demasiado tarde. La última semana de vida de Natalie me di cuenta de que andaba de una manera extraña. Caminaba despacio, parándose y arrastrando los pies. Pensé que tal vez tuviera que ver con sus botas de nieve y pensé que le preguntaría.  También vi que Natalie, una joven bonita que cuidaba su piel, se había estado rascando la cara. Le pregunté a Natalie si había tenido una reacción al maquillaje. Natalie me contestó, “Sé lo que tengo; se llama …” Tajantemente murmuró una palabra científica, y me explicó, “Es rascado cutáneo incontrolable.” Natalie pensaba, al igual que su psiquiatra, que era otro signo de que su TOC estaba empeorando. Añadió, “Creo que tengo un trastorno alimentario indeterminado.” Le dije que encontraríamos un grupo de apoyo y un especialista en trastornos alimentarios.

Natalie además me explicó “Así es como me sentía en quinto.” (Nota: más tarde establecimos la relación que fue en quinto cuando Natalie fue hospitalizada por Toxicidad Serotoninérgica y psicosis inducida por el Prozac, pero el hospital le diagnosticó de forma equivocada que tenía una “enfermedad.” Natalie estaba reflexionando sobre sus síntomas nuevos y sobre los síntomas que habían reaparecido, pero no podía saber que todos eran reacciones adversas a los fármacos.)

Una semana después Natalie tenía visita con la psiquiatra. No se encontraba bien, tenía “inflamación de los ganglios de la garganta”, fiebre y dolor de cabeza. Creía que tenía la gripe. Natalie intentó dormir, pero tenía un insomnio terrible. Llamó a la psiquiatra para cancelar la visita. La psiquiatra sugirió hacer terapia por teléfono. Durante la conversación telefónica, Natalie le dijo que había estado vomitando, hablaron sobre sus “crecientes síntomas de TOC” y Natalie se puso a llorar. Más tarde me enteré que la psiquiatra indicó a Natalie -sin siquiera verla- que empezara a tomar 200 mg de Zoloft. De nuevo, sin consentimiento informado, sin valorar los riesgos y beneficios, y con los cuidadores sin ser informados. La Secuestradora Número Cuatro le dobló el Zoloft las últimas 12 semanas de vida de Natalie. La psiquiatra programó una visita de seguimiento para después de dos semanas. No era precisamente una supervisión de cerca.

Dos días después de tomar la dosis máxima de Zoloft según lo recetado, Natalie estaba muerta. De manera valiente durante casi media vida había rabiado contra la muerte de la luz2, pero no era rival para 200 mg de Zoloft. Murió de lesión autoinfligida violenta, pero no murió por deseo propio: fue químicamente torturada, sufrió y murió a manos de sus psiquiatras. Su negligencia fue violencia médica. Como es habitual en la muerte inducida por acatisia, Natalie, que fue una niña dulce, no entró dulcemente en esa larga noche2.

En la mesita de noche de Natalie había más o menos una nota. Decía: “Toso sangre. No tengo hambre. Es la hora de tomar la medicación.” Estaba al lado del libro de nutrición que Natalie leyó su última noche en la tierra. El libro se titulaba, “Come Esto y Vive.”

Tras la muerte de Natalie, la psiquiatra declaró, “Natalie no estaba deprimida.” Dijo que le había aumentado la dosis de Zoloft en respuesta a las crecientes obsesiones de Natalie.

Las anécdotas son evidencias

A veces no nos damos cuenta de que una historia es una historia hasta que llegamos al final.

Irónicamente, Natalie y sus psiquiatras tenían varias “cosas” en común. Mientras Natalie desarrolló un ojo vago, ellos deliberadamente cerraron los ojos. Natalie fue secuestrada por sus psiquiatras, y sus psiquiatras fueron secuestrados por las compañías farmacéuticas. No ejercieron la medicina en el sentido tradicional de la expresión, más bien, ejercieron prescripción.

Tras la muerte de Natalie, entré en Google, busqué “Zoloft mata” y “antidepresivos ISRS causan suicidios.” Rápidamente encontré historias de bellas personas -Woody Witzack, Candace Downing y Stewart Dolin- que también habían sufrido acatisia y prescripticidio inducidos por antidepresivos ISRS. Abrumada por la toma de conciencia de que Natalie había sufrido la misma tortura me desplomé en el suelo. Mi hija se estaba muriendo ante mis ojos durante las semanas y días hasta su último suspiro. Pero no lo sabíamos. No estábamos formados para identificar la acatisia. Al no haber sido informada de los dos aumentos de dosis del Zoloft, del aumento de riesgo y de la necesidad de informar sobre cambios atípicos, no era consciente de que el cambio de Natalie en su forma de andar, la fiebre, la cara hinchada, el rascarse la piel, la agitación, los problemas alimentarios, etc, eran todos signos de toxicidad farmacológica. Si lo hubiéramos sabido…

Cada uno de los psiquiatras que trató a Natalie se resistió, objetó o negó que los síntomas de Natalie fueran preocupantes. Sus psiquiatras hacía tiempo que se habían tragado los datos que las compañías farmacéuticas les habían proporcionado. Pusieron en peligro a Natalie al recetarle antidepresivos ISRS y la abandonaron cuando no pudo recuperarse de sus intervenciones.

¿Son las compañías farmacéticas las únicas responsables? Por supuesto que no. La cuestión es: “¿Cómo es que las facultades de medicina producen médicos que no tienen ningún respeto por la relación terapéutica?”

Para acabar con los casos de muerte por antidepresivos, los psiquiatras tienen que desarrollar relaciones de igualdad con los pacientes y dejar de recetar ciegamente. Muchas vivas se salvarán cuando la medicina “moderna” escuche y valore como evidencias las anécdotas de los pacientes. Con esto se reducirían reacciones adversas graves como la acatisia.


Notas del traductor:

1 Referencia a Macbeth

2 Referencia al poema de Dylan Thomas

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