Secuestrada: la historia de Natalie

Kristina Kaiser Gehrki, la madre de Natalie
Kidnapped: Natalie’s Story
6 de julio 2016
Vía RxISK @RxISK

Nota del editor: la historia de Natalie partes 1 y 2 ha sido escrita por su madre Kristina.

Natalie-at-Rain-Forest-Cafe-10th-BirthdayNatalie, celebrando su décimo aniversario en 2003, poco después de que le recetaran Prozac (Fluoxetina). Su ojo izquierdo estaba empezando a mostrar signos de ambliopía, conocida popularmente como ojo vago. Esta reacción adversa a los fármacos empeoró y fue una de las muchas que Natalie sufrió debido a prescripciones innecesarias. No entendíamos cómo Natalie de repente desarrolló un ojo vago. Ahora lo sabemos: Prozac produce efectos inesperados en el centro de visión del cerebro.

Secuestrada

Nuestra hija Natalie era una niña inteligente, cariñosa y feliz – hasta los 10 años. Era emocional e intelectualmente madura para su edad. Con cuatro años sabía leer y con ocho años alcanzó el percentil 99 en un examen nacional estandarizado. La administración de educación identificó a Natalie como “superdotada” y la inscribió en un programa de estudios avanzado.

A Natalie le gustaba el colegio y era brillante. Al pasar, sin embargo, de la inocencia de la niñez a la conciencia creciente de las complejidades del mundo, resultó evidente que tenía un carácter excepcionalmente sensible y que estaba profundamente preocupada por problemas que sobrepasaban su edad y capacidad. Por ejemplo, Natalie estaba alarmada -ansiosa incluso- por el calentamiento global. También dijo que a veces le daba vergüenza levantar la mano en clase o levantarse para hacer punta.

Para ayudar a aliviar la creciente ansiedad de Natalie, un pariente cercano, que era también trabajador social clínico certificado, nos recomendó terapia. Sorprendida por la recomendación, la ignoré. Sin embargo, decidimos probar con la terapia después de escuchar: “Hay imágenes del cerebro que muestran que la ansiedad y la depresión sin tratar pueden cambiar el desarrollo del cerebro permanentemente.” En 2003, esta información, y la “teoría” del desequilibrio químico, era la enseñanza prevalente en el campo de la salud mental. Ninguno de nosotros sabía en aquel momento que nos habían embaucado.

El bienestar de mis hijos era mi máxima prioridad -desde vitaminas prenatales, pasando por lactancia materna, hasta papillas caseras- me esforcé en darles un comienzo saludable. Nunca negaría los cuidados médicos necesarios ni intencionadamente dañaría el cerebro en desarrollo de mi hija. El seguro médico del ejército cubría el psiquiatra y el padre de Natalie y yo elegimos la psiquiatría por encima de la psicología. Ingenuamente creímos que los psiquiatras estaban mejor formados para descubrir las causas de la ansiedad y para desarrollar estrategias de afrontamiento. Nunca pensamos que el tratamiento incluiría medicación.

Causando estragos

Definición de “Cosa” (sustantivo): objeto al que no es necesario, no es posible o no se desea dar un nombre específico.

A Natalie, lectora prolífica con un agudo sentido del humor, le gustaba Dr. Seuss. Uno de sus libros favoritos, El Gato en el Sombrero, incluye a los peculiares personajes destructivos llamados Cosa Uno y Cosa Dos. Sin haber sido invitados, estas “cosas” llegan a la casa de dos niños, causan estragos, y finalmente destruyen la casa. Una invasión imprevista parecida le ocurrió a mi familia, pero nuestra historia real es una tragedia sin un final feliz.

Llevamos a Natalie a varios médicos esperando que desarrollarían una relación terapéutica y sanadora con nuestra hija. El proceso y resultado fueron “cosas” totalmente diferentes a esto. Mi familia sufrió una serie de secuestros y Natalie fue, literalmente, envenenada por sus médicos. Primero le robaron el espíritu. Y al final le quitaron la vida.

Secuestrador número uno: 2003

La psiquiatra recomendó Prozac después de unas cuantas sesiones de terapia. Dijo que era por los “síntomas similares a los del Trastorno Obsesivo-Compulsivo,” no por depresión. Preocupada por el fármaco, hice preguntas y leí la información para el consumidor de Eli Lilly. La psiquiatra se saltó sopesar los riesgos y beneficios y no nos brindó el consentimiento informado. El único efecto secundario que compartió con nosotros fue nauseas y vómitos, síntomas que Natalie pronto experimentó. La psiquiatra dijo que podían estar causados por el Prozac pero que seguramente desaparecerían.

Prozac black box warning 2014
Advertencia de Recuadro Negro en la página 1/34 del prospecto de Prozac en la web de la FDA. Advierte que Prozac aumenta el riesgo de suicidio en niños, adolescentes y adultos jóvenes e indica monitorizar empeoramiento y aparición de pensamientos y comportamientos suicidas.

En aquel momento los antidepresivos ISRSs [Inhibidores Selectivos de la Recaptación de Serotonina] no llevaban una advertencia de Recuadro Negro -aunque años antes de que ni siquiera mi hija fuera concebida, la FDA [Agencia de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos] y las compañías farmacéuticas sabían que los antidepresivos ISRS provocan acatisia y la muerte.

La personalidad de Natalie y su espíritu alegre y compasivo rápidamente cambiaron. Cada vez estaba más ansiosa y agitada, introvertida y apática, y desarrolló nuevos miedos y obsesiones. A mediados de 2004, Natalie empezó a hacerse cortes en las cejas y tenía cortes superficiales en el brazo que se había hecho con un clip. Alarmada, inmediatamente llamé a la psiquiatra. Su respuesta fue aumentar la dosis de Prozac. Al doble.

Información crucial ocultada

Lo que la psiquiatra NO hizo fue compartir con nosotros las nuevas recomendaciones que la FDA envió a los facultativos el 22 de marzo de 2004. Advertían que los antidepresivos ISRS conllevan riesgo de muerte en niños. En octubre de 2004 otra madre -una profesora que como yo vivía en la periferia de Washington D.C.- recientemente había perdido a su hija de 12 años, Candace Downing, por prescripticidio [muerte causada por una reacción adversa a un medicamento] por Zoloft (Sertralina). Tras la presión ejercida a la FDA por la familia de Candace y por muchas otras, la FDA con años de retraso emitió una advertencia de Recuadro Negro para los antidepresivos ISRS. Pero nosotros permanecimos sin saberlo.

Si la Secuestradora Número Uno hubiera compartido esta nueva información crítica con nosotros, la historia de Natalie se acabaría aquí. Pero no lo hizo.

Nunca se nos ocurrió durante el “tratamiento” de Natalie preguntarle a la psiquiatra si el fármaco que le había recetado estaba identificado ahora como peligroso. Tampoco pensamos en hacerle la misma pregunta al farmacéutico. Suponíamos erróneamente que la bien-pagada psiquiatra de Natalie y la farmacia estaban obligadas a facilitar información crucial de este tipo. Pocos consumidores podrían comprender cómo la FDA permite que una advertencia grave de Recuadro Negro se publique en letra pequeña, enterrada en un prospecto que la mayoría de consumidores normalmente no leen. ¿Por qué la FDA no exige una advertencia de letra negrita grande en la caja, como sí exige para el tabaco?

Está claro que difundir advertencias de Recuadro Negro no era una prioridad entonces y no lo es hoy en día. El número de consumidores que sufren de acatisia, la reacción adversa que con frecuencia lleva a daño mortal  a uno mismo o a otros (prescripticidios) es superior al reportado. Y aún así, organizaciones como la Fundación Americana para la Prevención del Suicidio todavía no difunden adecuadamente las advertencias de Recuadro Negro y ni siquiera mencionan la acatisia.

El verano perdido

Todavía en la ignorancia, continuamos con la “terapia” y el fármaco elegido por la psiquiatra. La estrecha relación padres-hija que teníamos con Natalie se estaba desintegrando. Ahora nos veía como “malos e injustos.” Natalie además perdió la capacidad de participar en actividades físicas. Su diario de quinto refleja que se sentía descoordinada, “no podía atrapar una pelota” y con frecuencia era “la última persona en ser elegida” para los equipos de deporte. Esto era significativo ya que previamente Natalie había mostrado habilidades motrices finas excelentes y con gran entusiasmo sobrepasaba a sus amigas en el rocódromo.

La psiquiatra de Natalie empezó a ofrecer nuevas conjeturas diagnósticas. Incluían trastorno límite de la personalidad, labilidad emocional, TOC y trastorno bipolar. Con diligencia actualizaba su expediente, pero no nos actualizó con la nueva información sobre el Prozac. Los síntomas de Natalie eran mucho peores que el síntoma de ansiedad original.

Desesperados -y sin saber que otra cosa hacer- seguimos confiando en la psiquiatra. La psiquiatra siguió confiando en su visitador farmacéutico y en su tratamiento: A la psiquiatra ni se le ocurrió que los síntomas cambiantes de Natalie eran el resultado de sus propias intervenciones farmacológicas.

A principios del verano del 2005, le dijeron a Natalie que se “tomara unas vacaciones de la medicación” para ver que tal le iba sin el Prozac. A pesar de que los médicos tenían información sobre que los antidepresivos ISRS deben ser retirados lentamente, la psiquiatra de Natalie no nos dio esa directriz.

A no ser que uno sea un sádico que vea un ingreso de 10 días en un hospital psiquiátrico como algo divertido, seguir las indicaciones de la psiquiatra no representó unas vacaciones. Días después de haber dejado el Prozac, Natalie declaró tajantemente, “Mamá, me mataría si pudiera. Pero sé que no puedo, así que no lo haré.” Durante el frenético camino hasta el hospital, estaba aterrada pensando que mi hija de 11 años podría saltar del coche.

Secuestrador número dos: 2005

El hospital entrevistó a Natalie y le pidió que explicara cómo se sentía. Escribió: “Ojalá pudiera dejar de pensar en querer suicidarme.”

No queríamos dejar a nuestra hija bajo el cuidado de desconocidos, pero no parecía haber elección. Natalie apenas mostraba ninguna emoción y parecía vernos con distancia. Temblaba de manera incontrolable. Pedí mantas extra antes de arroparla porque pensé que Natalie tenía frío. El hospital no nos permitió quedarnos con Natalie.

No sabíamos que Natalie sufría de psicosis inducida por el Prozac y de Toxicidad Serotoninérgica. Los médicos del hospital tampoco lo sabían.

El secuestrador Número Dos, el psiquiatra del hospital, nos llamó para declarar que Natalie necesitaba más fármacos además de reanudar el Prozac. Le dije que primero necesitaba más información sobre el Risperdal antes dar mi aprobación. En consecuencia me etiquetaron de madre problemática. En los informes del hospital se me critica con dureza. A pesar de que les dijimos que la psiquiatra de Natalie le había retirado el Prozac de golpe, el hospital puso en el expediente que la paciente “no se había adherido al tratamiento.” Pronto se hizo evidente que la trabajadora social pensaba que las ideaciones suicidas de Natalie estaban muy probablemente provocadas por la mamá de Natalie y por las “dinámicas familiares.”

No siendo consciente de que la primera psiquiatra había causado el deterioro de Natalie, la llamé para preguntarle por el Risperdal. Me facilitó poca información. Entonces le supliqué, de madre a madre: “¿Le darías Risperdal a tu hija si fueras yo?” La psiquiatra, que también era abogado de formación, respondió fríamente, “No contesto preguntas hipotéticas.” Sin embargo afirmó que a Natalie le iría muy bien hacer sesiones de terapia diarias con ella.

Diez días después salimos del hospital sin consentimiento informado, sin información sobre la advertencia de Recuadro Negro, y sin ningún reconocimiento de que el Prozac posiblemente podía haber causado los síntomas potencialmente mortales de Natalie. Pero no salimos con las manos vacías: Risperdal había sido añadido al caldero.

Natalie pasó sus vacaciones de sexto tomando dos fármacos peligrosos para una enfermedad que no tenía. Nos dijeron que si no tomaba los fármacos, podía volver a tener ideaciones suicidas. Las pociones de los psiquiatras convirtieron a Natalie en una zombi apática. Para septiembre, el cuerpo de 11 años de Natalie había pasado de ser el de una niña pequeña y delgada al de una mujer con forma de pera. Natalie se angustiaba al ver su nuevo cuerpo gordo cubierto de permanentes estrías, provocadas por el Risperdal.

Le retiramos los fármacos y pensamos que nuestra familia pronto volvería a la normalidad- a como éramos antes de nuestro encuentro con la psiquiatría.

El torbellino del síndrome de abstinencia: 2005-2009

Nunca recuperamos por completo a nuestra hija. Nuestra pequeña e inocente niña había sido destrozada en mente, cuerpo y espíritu. Al sufrir efectos adversos prolongados, Natalie además tuvo que enfrentarse al estigma de ser etiquetada de “emocionalmente discapacitada.” Intentaba bromear. Decía: “He pasado de superdotada a educación especial.”

Sin embargo, Natalie luchó por vivir una vida plena. En el instituto hizo viajes, sacó buenas notas, fue de campamentos, etc. Pero los periodos de normalidad estaban intercalados por periodos prolongados de “depresión” y ansiedad. Hicimos todo lo posible por recuperar el espíritu feliz de Natalie. Empezó psicoterapia con una trabajadora social privada. Desgraciadamente, esta trabajadora social desconocía la disforia tardía, que es una depresión crónica inducida por antidepresivos. Nosotros también la desconocíamos.

 

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