Escitalopram me robó un año de vida

Katinka Newman
Katinka Blackford Newman, de 47 años, documentalista residente en Londres. Su libro “La Pastilla que Roba Vidas” saldrá a la venta en julio de 2016.

Katinka Blackford-Newman
19 de marzo, 2015
The Year of my Life that was Stolen
Vía RxISK @RxISK

Hace 3 años una visita a un psiquiatra precipitó la época más aterradora de mi vida. Los acontecimientos que siguieron a esa visita me robaron un año de vida.

Estaba pasando por un divorcio difícil, sufriendo noches en vela y ansiedad. Fui a un psiquiatra privado que me dijo que estaba deprimida y me recetó un antidepresivo llamado escitalopram. No tenía ni idea de que éste y otros antidepresivos podían causar una reacción psicótica.

Van Gogh y un cuchillo

Es difícil explicar lo que pasó a continuación. Unas horas después de tomar el fármaco mi sentido de la vista empezó a funcionar mal y lo veía todo como en un cuadro de  Van Gogh. De repente estaba alucinando como si hubiera tomado ácido y todos mis sentidos se agudizaron. Mi memoria es difusa pero recuerdo vagamente ir a la cocina tranquilamente, coger un cuchillo de cocina y apuñalarme el antebrazo. No había motivo alguno para hacer eso y no recuerdo el proceso mental o la emoción que lo originó. No tenía ningún historial de autolesiones y nunca hice algo así ni antes ni desde entonces.

Entonces llegaron las alucinaciones. Estaba tan colocada que en mi confusa percepción de la realidad llegué a creer que había atacado a mis hijos y no a mí misma con el cuchillo. Incluso llegué a creer que les había matado y no quería salir de casa porque estaba convencida de que me iban a arrestar. Las alucinaciones empeoraron y empecé a imaginar que habían camaras escondidas en la casa y que todo lo que hacía estaba siendo filmado y retransmitido en la televisión nacional.

Hospitalizada

Mis hijos estaban tan asustados por lo que se estaba desencadenando que hicieron entrar en escena a mi ex. Él y mis hermanos se dieron cuenta que estaba gravemente enferma y me llevaron rápidamente a un hospital privado. Mientras estaba allí mis alucinaciones adquirieron un tono diferente. Les dije a los médicos que mi suicidio estaba preordinado y que iba a morir en tres días. Les dije que Dios me lo estaba diciendo. Por cierto, no soy y no he sido nunca una persona religiosa. Naturalmente se alarmaron y amenazaron con internarme si intentaba irme.

Las alucinaciones desaparecieron tan pronto como dejé de tomar el escitalopram. En 24 horas había vuelto a la normalidad, pero estaba muy asustada por lo que había pasado y muy confundida. Los médicos nunca cayeron en la relación entre el fármaco y la psicosis, yo tenía demasiada verguenza para hablar de ello, y no fue hasta un año más tarde que empecé a entender lo que había sucedido.

Pero mi experience con los antidepresivos no se acabó ahí. los médicos del hospital privado insistieron en que tenía depresión psicótica y me recetaron antidepresivos y antipsicóticos. Ahora veo con claridad que yo y los antidepresivos simplemente no nos llevamos bien. Tan pronto como los efectos alucinógenos del escitalopram desaparecieron empecé a sentir los efectos secundarios de los nuevos fármacos. Incluían acatisia (un efecto secundario por el que no puedes parar quieto), falta de concentración, despersonalización, insomnio y ansiedad aguda.

Después de 4 semanas me dieron el alta, con la condición de que voviera para visitas semanales. Como mis síntomas continuaban los médicos me daban cada vez más fármacos. No supieron ver lo que yo sé ahora – que los síntomas estaban causados por los fármacos. En unos meses estaba tomando un cóctel de diferentes pastillas –  olanzapina, fluxotina (Prozac), lamotrogina, sertralina y finalmente litio, junto con los somníferos zopiclona por la noche.

Katinka Newman on MedsGorda, insensible y bebebiendo

Soy de constitución pequeña y esos fármaocs me devastaron. Me volví una enferma crónica. Siempre había sido una fanática de estar en forma pero ahora no podía hacer ejercicio. No podía concentrame en nada. No podía lavarme ni vestirme y tuve que tener una cuidadora 24 horas al día. Si salía de casa me perdía. Me engordé 19 kilos porque no podía parar de comer, empecé a fumar 60 cigarrillos al día y de ser prácticamente abstemia pasé a beber niveles peligrosos de alcohol.

Lo peor fue que estaba emocionalmente insensibilizada. Era como si estuviera experimentando el mundo a través de una densa niebla y ni siquiera podía sentir amor por mis hijos.

De manera intelectual era capaz de recordar las cosas que me gustaba hacer y me esforzaba en hacerlas. Me inscribí a una carrera de 5 kilometros con mi hija de 12 años. Tuve que parar transcurridos 10 minutos. Mi hija no pudo contener sus sentimientos y me dijo llorando: “Qué ha pasado con la mamá que era guapa y se reía todo el rato y acababa las carreras. Quiero que esa mamá vuelva.”

Pronto se volvió claro que era incapaz de cuidar de los niños. Empezaron a vivir con mi ex y sólo les veía ocasionalmente. Intente conseguir trabajo pero me depidieron en dos días. Mis compañeros de trabajo no podían creer el cambio que había dado.

El momento de crisis

Las cosas finalmente llegaron a un punto crítico exactamente un año después. Estaba tomando 5 medicaciones diferentes, litio y los somníferos zoplicon que ya habían dejado de funcionar debido al uso prolongado. Me despertaba a las 2 de la noche e iba al supermercado a comprar vodka y pastillas de dimedrol que consumía en cantidades peligrosas. No buscaba sólo dormir, buscaba anestesia.  Mi vida era insoportable y en lo único que pensaba era en acabar con ella. Entonces no sabía que un conocido efecto secundario de los antidepresivos es hacerte sentir suicida.

Tomé una decisión que ahora sé me salvo la vida. Era domingo por la mañana y una sabiduría interior hizo que me llevara a mí misma al hospital público de mi zona, que tiene una unidad de salud mental. Estaba en un estado terrible y les dije que me quería matar. Sabía que si les decía esas palabras me ingresarían. Y resultó ser realidad.

Estuve allí durante 6 semanas en un pabellón psiquiátrico de alta seguridad. Fue un duro golpe. No se parecía en nada al hospital privado con sus agradables sesiones de terapia y su alta cocina. No tuve cama durante unos días y mis compañeros de hospital incluían un señor que meaba en la leche, drogadictos y una señora que escuchaba voces.

Los médicos tomaron la decisión poco habitual de quitarme toda la medicación. En su lugar me pusieron una dosis muy pequeña de otro antidepresivo, venlafaxina. No sé ni cómo describir lo horrible que fue dejar toda esa medicación de golpe. No tenía ni idea de que estaba experimentando síntomas de abstinencia graves. Temblaba, lloraba incontrolablemente, me tuvieron que contener físicamente para que no me lesionara y tenía ansiedad e insomnio crónicos.

Despertar

Entonces sucedió algo milagroso. Después de 2 semanas de haber dejado la medicación de golpe, empecé a mejorar. Tras un año de anestesia emocional, el placer por las cosas volvió tan rápido como había desaparecido. Fue como salir de un coma de un año.

El redespertar de todos mis sentidos fue una de las cosas más profundas que he experimentado. Fue como un renacimiento, un redescubrimiento de lo que es ser humano, re experimentar la gama completa de emociones que nos diferencian del resto del reino animal. Alegría, amor, lágrimas, risa, placer sexual, todas me habían sido arrebatadas durante un año y el regreso a la sensibilidad y conciencia fue sobrecogedor.

Nunca olvidaré cuando una música me hizo saltar las lágrimas otra vez, la alegría de volver a correr por el río, ser capaz de concentrarme en una conversación, una película o un libro. Pero el recuerdo que permanecerá conmigo para siempre es el de volver a enamorarme de mis hijos. Habíamos estado, en efecto, separados durante un año. Incluso cuando había estado físicamente presente, emocionalmente los fármacos me habían llevado a otro mundo donde no podía alcanzarles.  Era un zombi, tanto que, mi hija de 12 años, desde entonces me lo ha explicado, venía a dormir a mi cama porque cuando estaba dormida podía fingir que era normal.

Katinka Kids

Ahora reunidos nos devoramos física y emocionalmente. Se aferraron a mí como si hubiera vuelto de entre los muertos, y yo me aferré a ellos recordando el horrible vacío de ser incapaz de sentir algo por ellos.

Cuando me dieron el alta tomé la decisión de nunca volver a tomar antidepresivos o somníferos. He cumplido con esa decisión y la pequeña dosis de antidepresivo que me receteron se fue por el water.

Sé que hay personas que dicen que los antidepresivos les han salvado la vida. También sé que la investigación científica demuestra que los antidepresivos no son más eficaces que el placebo. La lista de efectos secundarios que  las compañías farmacéuticas admiten abiertamente es aterradora. Desde que empecé a hablar de esto me he encontrado con un sinfín de personas con experiencias horribles con los antidepresivos parecidas a la mía y sólo con dos que dicen que les han ido bien.

Katinka-Newman

Esta entrada es de Katinka Blackford-Newman, a quien aquí se la ve corriendo una media maratón para recaudar fondos para RxISK y quien desde los acontecimientos relatados ha participado en procesos penales, con la convicción de que es importante que los jurados escuchen historias como la suya cuando se tienen que enfrentar al reto de evaluar cual puede ser la responsabilidad de un fármaco en un crimen.

Hay otro aspecto a tener en cuenta al leer su historia – el despertar que describe también ocurre en personas que dejan las estatinas y una gama de otros fármacos.  A esas personas puede resultarles sorprendente lo mejor que se sienten si dejan de envenenarse a sí mismas, y  los que viven con ellas pueden quedar asombrados al ver a alguien que conocen resurgir.

 

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